La espera

 Bajó del autobús el primero, gracias a que ocupaba un asiento justo detrás del conductor.

 Estiró las piernas abotargadas, mientras rodeaba el autocar para coger su maleta, alojada en la bodega que ahora se mostraba con su contenido apilado, mientras el portón que la protegía se elevaba lentamente.

 Miraba a su alrededor y le parecía pobre, escasa, indigna de ser una estación de autobuses para la tercera ciudad de España.

 Arrastrando su trolley por la calle, se dejó  arropar por el aire cálido de la ciudad; a primera hora Sevilla huele a dulce, en las proximidades del río, de la Torre del oro que luce diminuta y triste, sin sus azulejos dorados.

 Iba de camino al hotel, que había cogido a dedre por el centro, confiando en tenerlo todo a mano para cuando ella contestara.

 Le mandó un mensaje en pleno trayecto, algunas horas antes, sin respuesta. Lo achacó a la prontitud de la hora, máxime tratándose de un sábado. Pese a tener activado el efecto vibratorio del móvil, miraba a cada momento en la pantalla del teléfono, confiando en ver una ventana emergente con su mensaje.

 De camino a hotel pasó por el Parque Maria Luisa, no tardó en quedarse  prendado de sus bancos cuajados de azulejos. Así se lo contó en otro mensaje de texto que le envió. Uno de muchos que fueron siempre en una misma dirección sin recibir respuesta a cambio.

 Hizo el check-in, cogió su llave y accedió a la habitación, pese a tener una idea opuesta, cometió el error de tumbarse un momento en la cama, sobre la colcha. No tardó que quedarse dormido profundamente. 

 Cuando despertó sobresaltado, buscó en el bolsillo el terminal, para su disgusto seguía sin recibir respuesta.

 Salío a la calle, fue a la Plaza de España; de camino a la catedral pasó delante del Palacio de San Telmo. Ya dentro de la Giralda, se sacó incontables fotos delante del sepulcro de Cristobal Colón

  Atraído por la idea de llegar a lo más alto, más por el hecho de estar dentro del antiguo minarete de mezquita que por las vistas que de la ciudad tuviese arriba, subió caminando hacia el campanario, siguiendo las estaciones de via crucis que estaban indicadas en cada punto de descanso.

 Via crucis,muy propio, como el que él iba a seguir en sus horas de estancia en la capita andaluza;

 EL resto del día lo dedicó a deambular como alma en pena; ni siquiera tuvo ganas de cruzar el  Guadalquivir para acercarse a ver el Barrio de Triana; cenó cualquier cosa, se encerró pronto en la habitación; mientras veía un partido de baloncesto al que no prestaba atención, pues sus ojos no dejaban de mirar la pantalla, esperando un mensaje que no llegaría nunca.

  Durmió mal, se vistió y bajó para pagar la cuenta. Decidió desayunar en cualquier bar que encontrase de camino en la dirección de la Estación de Alta Velocidad; en la Avenida de Kansas City. Así apuró sus últimas horas en la capital hispalense hasta que el tren le llevó de vuelta a casa.

 Más que un viaje fue una espera eterna, por alguien que no sólo no le quería, tampoco existía, aunque de eso tardó más tiempo en darse cuenta; con el paso de los años, de aquel recuerdo, lo que peor llevó fue asociar Sevilla y el hecho de conocerla, a aquella visita tan triste como infructuosa. Tal vez algún día, vuelva para verla en profundidad, con otro ánimo y otras expectativas y así le haga justicia a una ciudad que es un regalo para la vista. 


  

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