Vete a la mierda
Cuando aquella mañana entró en la oficina no se hacía una idea de lo que le esperaba; apenas había dejado la mochila sobre la mesa, comenzaba a quitarse el abrigo para colgarlo sobre el respaldo de la silla y le llegó la primera andanada de reproches:
- ¿ De verdad soy tan mala compañera como para que me hayais excluido y dejado fuera?
Escuchaba pero no entendía, no sabía a qué se estaba refiriendo ella; la cara de incrédulo con que debió mirarla enfureció a esta aún más que continuó con su diatriba y lamento:
- Habeis cogido lotería y no habeís hecho ni por decírmelo, siempre me dejais fuera...
Sabía que este momento tendría que llegar; cuando montaron el grupo de whatsapp , miró en el listado quiénes estaban dentro y al ver que no estaba ella, ya sabía que esto terminaría por estallar en algún momento; la organizadora de la iniciativa, que la tiene enfilada por mala compañera, la dejó adrede fuera, sabedora de que nadie puede obligarle a hacer algo que no le apetece, ajena a dimes y diretes de si hacer eso está bien o no.
Tenía claro que acabaría por enterarse y no precisamente por casualidad; una de las que si estaban en el grupo, acabaría por decírselo, porque le da mucha pena. Esto era la crónica de una traición anunciada, por un décimo de lotería, como si de una película se tratase.
Intentó calmarla, de darle explicaciones, de nada sirvió que le dijese que él no lo había organizado, que al igual que a ella, a otros compañeros se les había dejado fuera; ella siguó con su lamento y su rol de víctima, levantando la voz, cada vez más ofuscada, más encendida, fue entonces cuando llegó el detonante y con aire arrogante y seco le dijo:
- No me hables más, ni me dirijas la palabra.
Aquelló le indigno. ¿ Quién se creía que era para darse esas ínfulas? La cosa pasó a mayores y él que antes estaba calmado terminó por calentarse, por hartarse de su actitud; más gritos y un sonoro vete a la mierda, terminaron por llamar la atención de otros compañeros de oficina, que les llevaron a una sala de reuniones para que la cosa se resolviera en privado, sin soliviantar el clima de trabajo; la tensión allí se convirtió en llantos; de repente ella cambió de registro, empezó a gimotear, a decirse así misma, yo no estoy bien, yo no estoy bien, lo que terminó de rematar el encontronazo; consciente de que aquello era un esperpento de situación se fue de la sala de reuniones, sabedor de que aquello no iba a ser una discusión sin más, sino un punto de inflexión.
Nunca hubiera imaginado que mantuviera una discusión con nadie por un billete de lotería, ni que viviría una situación tan ridícula; han pasado los días y los rescoldos del encontronazo se han apagado, pero no las consecuencias que ha dejado el fuego. Si el vínculo era ya tenue, casi nimio, después de esto la relación se ha roto por completo. Compañeros y nada más. Tan permisivo para tantas cosas, en cambio se muestra inflexible con aquellos que manipulan emocionalmente, que buscan cobijo dando pena, algo a lo que está ya habituado en su entorno más privado.
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