Suelo blando

 Camino por las calles solitarias de una pequeña aldea, sobre un suelo rugoso de cemento que está húmedo; sé que no voy sólo, siento la presencia de personas cerca de mi, a mi espalda, seguramente caminando conmigo, pero no sé quienes son, simplemente me acompañan, en mi lento paso.

 Camino con fatiga, con las piernas rígidas, pesarosas; por más que intento agilizar el paso no consigo alargar la zancada todo lo que a mi me gustaría; me angustia y me preocupa.

  La ruta me envía hacia la derecha, para doblar un esquinazo de una vieja casa que desaparece de mi vista; como siempre voy mirando hacia el suelo y observo cómo comienzo a subir ahora por un terreno blando, que parece una alfombra, que se empina poco a poco; ahora mis torpes pasos no se frustan ni se sienten impotentes, se acomodan a la nueva travesía hasta que hacen cima, apenas unos instantes más tarde.

 Es entonces cuando noto que el suelo se mueve bajo mis pies; lo que simulaba ser un tapete es en realidad un manto de pelo, debajo del cual se esconde la figura de un animal; lo que hace que se mueva lo que piso es la respiración, nada menos que de una vaca.

 Bajo con cuidado por un lateral, hasta llegar a una de las patas traseras del bóvido; pese a tenerme encima, no se mueve, no hace gestos de sentirse violentado por mi presencia, sigue inmóvil como si no pasase nada, como si yo no existiera.

 Justo cuando ya me encuentro pisando de nuevo el suelo de cemento, en el instante en que rodeando al animal intento ver su cara, es cuando me despierto. 

  

Comentarios

Entradas populares