Todo sobre mi madre

 Sí, es el título de una película de Pedro Almodóvar, para mi la mejor que haya rodado nunca.

 De hecho fui a verla al cine en su momento, cuando se estrenó, en dos ocasiones, compré dos entradas, en dos salas distintas, acompañado por diferentes personas y fue, desde luego, una inversión bien aprovechada. Que yo recuerde eso sólo me ha sucedido con otra cinta más reciente, la coreana Parásitos de Bong Joon-ho.

 Es el título de un título cinematográfico y ahora de una entrada de mi blog, porque hoy quiero hablar de mi madre. 

 En apenas unos meses cumplirá la cifra redonda de ochenta años, a la que ya ha llegado mi padre.

 De esos ochenta años, algo más de cincuenta y tres los ha vivido teniéndome a mi presente en su vida, igual que ella lo está en la mía, de manera constante, diría que perenne.

 Si me voy para atrás podría hacer gala de infinidad de recuerdos, por supuesto de todo tipo, como sucede en cualquier otra familia.  Sin embargo hay un rasgo significativo en mi madre que surge de manera recurrente y es su actitud ante la vida, su victimismo crónico.

 No recuerdo nunca haber visto bien a mi madre, alegre y tranquila, sentirse a gusto y satisfecha.

 Siempre le duele algo, siempre está triste, siempre hay algo que no está bien.

 Con la edad ese pesimismo se ha acrecentado por razón de los achaques propios de salud al cumplir años.  

 Como en las viñetas de los cómics, que reflejan a una persona con una nube encima que está negra y que suelta lluvia sólo sobre esa persona, así es mi madre, vive con esa nube permanente posada sobre su mollera. 

 Triste y quejumbrosa, cuando la llamo nunca me dice que esté bien, siempre me contesta con evasivas, con ese hilo de voz que ya anuncia quejas.   

 Ella lo llama depresión, de hecho tiene medicación psiquiátrica desde hace décadas que lejos de hacerle bien, parece que acrecentase el problema.

 Esa melancolía, esa tristeza natal es la base sobre la que interacciona con su familia, con su marido e hijos, es su forma de llamar la atención, de generarte obligación hacia ella, de hacerte sentir mal porque no estás pendiente de ella todo lo suficiente.   

 Así desde siempre, esa especie de chantaje emocional que te marca, según el día puede hacerte papilla y dejarte mal, con un sentimiento de culpabilidad que sabes que no tiene cabida, porque no eres mal hijo, no dejas de estar pendiente de ella.

 Pero hacer todo, nunca es suficiente, Ella se queja y de algún modo te echa la culpa a ti de su mala suerte.

 ¿Cómo vivir con eso?

 Hace años que tomé la decisión, siempre incomprendida porque nadie la entendió en mi entorno, de no tener una familia.  Tenía muy claro que no quería repetir un esquema al que yo he vivido en la mía, no quería asumir la responsabilidad de generar taras a algún hijo por mis tics, manías y lo que es peor, por mis tendencias vitales negativas, porque todos tenemos miserias.

 Lo reconozco, mi apuesta por la soledad obedece al miedo a hacer daño. No me lo perdonaría nunca. 

 Soy un cobarde. 

 Cobardía vital que me ha acompañado en muchas otras facetas de mi vida, (ya peino sufientes canas como para hacer balances de todo tipo);  me doy cuenta de que siempre he marchado con el pie puesto sobre el freno, con velocidad limitada, con temor a las cuestas abajo por miedo a caerme.

 Pero aún así sigo marchando, sigo para adelante. Los cobardes también caminan y, aunque poco, avanzan.

 Cuanto más avanzo en lo que estoy escribiendo, menos entiendo a dónde quiero ir a parar, por qué estoy dándole vueltas a esto, quiza sea la reseca del día de ayer, en el que la tensión y el estrés por primera vez en mi vida me dejó en cuello rígido, como si estuviese contracturado. Afortunadamente al poco rato, se liberó. 

  Qué sensación tan extraña la de verse sobrepasado, la de estar bloqueado sin poder avanzar, incluso sabiendo lo que tienes que hacer. Impotencia, y que misteriosos son los hilos mentales, su conexiones.

 De aquellos lodos vienen estos barros.

 Al final termino estas lineas sin contar todo sobre mi madre, aunque si una parte importante, la de más peso, de hecho.

 Al final termino hablando de mi. Secuela argumental. 

  

  

  

  

  

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