El asturiano
Esto va de cómo una quedada intrascendente con amigos de repente se convierte en un punto de reflexión.
Conversaciones aleatorias que salen a albur de las viandas, que incentivan el deseo de comunicar, regadas por un buen vino, pastel de cabracho, queso asturiano y fabada con su compango son el lecho necesario para activar la cabeza en vez de adormilarla por la copiosa ingesta.
Nunca has de compararte, pero de un tiempo a esta parte lo haces y no sabes muy bien por qué. Fotos de adolescentes circulan por la mesa, acompañadas de palabras de elogio ,de padres orgullosos que exageran los sacrificios con aspavientos cuando en realidad están extremadamente felices.
¿Y yo que es lo que he hecho, qué es lo que tengo? , ¿ Por qué antes no me hacía estas preguntas y ahora sí? He de reconocer que ahora tengo poca querencia por los fines de semana, por el tiempo libre, porque cuando eso llega, me da por pensar.
Pienso y sueño. Esas mismas preguntan me persiguen en mis estados de narcosis. Sigo pesando que algo gordo se está cociendo, un cambio duro y radical, pero el no tener ni idea de por dónde vienen los tiros, ni por donde me van a llevar, es lo que más me inquieta.
Lo que debería ser un momento de goce, se convirtió en un acto de meditación. Así comí y así salí del restaurante asturiano, meditabundo, y en ese estado continuo en la mañana de domingo, apalancado en mi sofá con la manta y ordenador en mis piernas.
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