Monotonía

  Noches de cuatro horas de sueño jalonaban su existencia. A veces se preguntaba cómo se mantenía en pie y no se caía de sueño y de cansancio.

  Algunas tardes conseguía llegar a casa pronto, eso le permitía descansar un poco antes de ir a cenar.  Lo que se suponía que era  resposar un poco, un rato, se convertía en una cabezada de una hora o más. Cuando despertaba, lo hacía con mala leche y tan mal cuerpo que casi no se sostenía así mismo.

 De algún modo el cansacio, entonces afloraba y se mostraba con toda su esencia. Con tantas horas de vigilia, no podía ser de otro modo.

 Se preguntaba por qué cogía el sueño tan rápido en el sofá y en cambio, en la cama, andaba completamente desvelado. Por qué se dormía a media tarde y no a última hora, que es cuando toca.

  No quería cogerle miedo a las noches; como muchos recomiendan, al no tener opción de dormir real, se levantaba para hacer alguna cosa y así, contribuir de alguna manera al cansacio ya acumulado, por si hiciera efecto. Todo  era en vano.

 Al final terminaba tumbado boca arriba, mirando al techo. Le entraba una angustia como rara, que se apoderaba de su pecho y le mantenía todavía más alerta. Hasta que en algún momento los ojos terminaban por cerrarse y el cuerpo vencerse. Nunca sucedía antes de las tres.

 Y así pasaban los días, uno detrás de otro. Días que eran planos, alicaídos, faltos de emoción, de un mínimo brio. La intensidad y energía de otras épocas se había difuminado, como sale el aire de un globo que luego deja la goma elástica inerte y sin vida, sin ese gas vital que lo sustenta.

 Sentía que estaba allí por estar, que veía la vida pasar, esa que otros si vivían.

 La monotonía se había apoderado de su vida. Era un evidencia. La realidad de todos los días con sus noches.  Después del frenazo, en seco, siempre cuesta volver a arrancar, con toda su sintomatología. 

  


Comentarios

Entradas populares