La coleccionista
Lanzaba el humo hacia el techo de la habitación, apoyada sobre el respaldo de la cama. Desnuda de cintura para arriba, mientras el resto del cuerpo se ocultaba bajo la sábana, se deleitaba con calada del cigarro que consumía despacio.
Él estaba sentado sobre el colchón, dándole la espalda; se amarraba los cordones de los zapatos. La imagen de un tigre de Bengala en la camiseta le saluda con sus fauces abiertas, saltando desde un bosque frondoso.
Se incorporó y fue hasta el pequeño sofá que estaba en la esquina opuesta a la cama. Allí recogió su chaqueta, la cartera y las llaves del coche. Sin apenas mirarla, dijo un escueto, adiós. Tras unos pasos más, escuchó cómo se cerraba, pesada, la puerta blindada de entrada a la casa, con su ruído de engranajes metálicos.
Sin inmuntarse continuó apurando el cigarrillo, hasta practicamente el filtro. Lo apagó en el cenicero de la mesilla y se incorporó para acercarse a la entrada. Tras cerciorarse de que todo estaba en su sitio, dio un doble giro de llave para cerrar la puerta y se fue a la cocina.
Se puso un vaso de zumo de naranja; sólo le gustaba el de la marca Libby´s, desde chiquitita. Estaba frío. El primer sorbo le cayó en la garganta como una sacudida y le hizo estremecerse. Devolvió la botella de cristal a la nevera y se fue de vuelta a la habitación, con el zumo a medio terminar.
Se sentó y se encendió otro pitillo. Sacó del primer cajón de la mesilla un Molskine de tapas negras y abrió por la página donde tenia el separador de tela.
Apuntó: Luis, 26 años. Casi le doblaba la edad. Con él casi terminaba la hoja. Apenas quedaría sitio para una o dos líneas más, depende de cómo escribiera el siguente nombre.
Antes de cerrarlo y de devolverlo al cajón, miró hacia atrás y vio cuántas páginas llevaba rellenas, apenas unas pocas en medio de la libreta, pero que recogían ya un buen puñado de amantes esporádicos de una noche.
Ni siquiera, de un rato. Ninguno se quedaba a dormir.
Tampoco repetía.
No sabía cuántos más formarían parte de la lista. Muescas de la culata de un colchón en el que pasó años teniendo sexo con él, sin disfrutar nunca.
Cada polvo era una venganza, todo resto de sudor, de semen, quedaría impregnado en él y su ex tendría que dormir en aquella misma cama, donde ella había yacido con tantos. Formaba parte del trato del divorcio. Ella debería abandonar la casa con todo lo que había dentro.
Incluída esa cama, ese colchón que debería usar alguna vez, aunque terminase por cambiarlo. Bastaba con que durmiera allí una sóla noche, una tan sólo, para que se consumara la vendetta.
Se relamía sólo con pensarlo. Le daba paz. Todo lo demás le importaba poco, ya.
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