Fuga

 Huyó una vez en su vida, de eso hace ya veinticinco años.

 Era compañera de trabajo. Lo que empezó como un tonteo sin más fue creciendo, pese a los riesgos de tener una relación así, pese a tener ella pareja con la que además convivía. 

  Supo tocar la tecla, supo camelarle, de las miradas pasaron a los hechos. Un día entre semana quedaron para tomar algo en un bar del centro, con límite de horario porque ella debía regresar al hogar sin levantar sospechas. La idea era tomar una cerveza y hablar. Fue una hora de comerse la boca en los bajos de una taberna.

 El cuerpo pedía más, y las citas clandestinas se multiplicaban. Ella no quería follar en el coche.  Acabaron haciéndolo en su piso compartido a media tarde, cuando ninguno de sus compañeros estaba en casa.

  Entonces le preguntó por qué no dejaba a su pareja. Decía que no podía. Aunque eso sucedió y después de ese, se lio con otro y más tarde con otro, con todos menos con él. ¿La razón?, le tenía en un pedestal que lo adoraba y no quería que la convivencia estropeara algo tan hermoso.

 Amante eterno. Hermoso para ella. A él le destrozó el corazón, el espíritu. Empezó a perder peso, a sufrir taquicardias Se inventó una excusa para dejar el trabajo y también la ciudad. Se marchó, necesitaba huir de ella. Vivió nueve meses en el exilio en otra ciudad, que nunca le gustó, de la que regresó derrotado, sin un céntimo en el bolsillo. sin más patrimonio que sus pocos enseres personales y el aprecio de unos amigos que le acogieron unas semanas, el tiempo justo para volver a comenzar, para en realidad rearmarse y continuar con su vida, esa que no debía haber dejado nunca.

 Ahora que vuelve a sentir deseos de fuga, le viene bien recordar todo aquello. Le atempera, le da serenidad y sosiego. Calentones que calibran poco los riesgos y sólo se dan cuenta de ellos cuando se dan bruces con la dura realidad. 

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