Mariluz
Aquella noche había comenzado la ronda cruzada. Enfadada con su compañera de piso, que le había reprochado que no limpiase como tenían acordado, bajó a la calle con lo primero que pilló en el armario, vestida con una minifalda de color amarillo chillón que no conjuntaba con la blusa negra que llevaba puesta cuando se fue a dormir, casi a medio día.
- Qué asco de vida, no aguanto más, mañana voy al banco, saco el dinero que tengo ahorrado y me vuelvo a Galicia con los niños.
Sabía que no era cierto, tan sólo el fruto de un calentón más con aquella loca con la que compartía piso desde hacía ya cerca de un año. Necesitaba seguir haciendo la calle al menos durante algún tiempo más, antes de poder reunirse con sus pequeños, que a buen recaudo, crecían tranquilos y sin traumas al abrigo de unos abuelos que encintraban en la alegría de los nietos el desconsuelo que les provocaba la vida disoluta de su hija.
Con apenas los 18 recien cumplidos abandonó el pueblo y se fue a Madrid, ansiosa por conocer mundo y hacer cosas; pronto se desencantó con lo que la realidad le mostraba. Sin estudios, ni ambición por tenerlos, terminó empleándose en trabajos de hostelería, hasta acabar en aquel bar de la Calle Nuñez de Arce donde conoció al padre del primero de sus hijos, con quien terminó acostándose después de esnifar un par de rayas de coca, las primeras que inhalaría en su vida. Confusa y temerosa, convencida de tenerlo, terminó por regresar al pueblo con el beneplácito de unos padres que aceptaron la situación, sin miedo al que dirán de los vecinos. Con esa altura de miras y cariño con que recibieron la llegada del segundo nieto, éste fruto de una relación corta pero intensa de Mariluz con un compañero de taberna en el Foro, que cuando supo del embarazo de ella, desapareció del mapa, literalmente.
- Será sólo temporal, padre; estoy ahorrando buena parte del dinero que gano, cuando tenga suficiente, reabriremos la tahona como habíamos hablado y me haré panadera en casa, al lado de mis hijos.
Engatusado por el proyecto, de tenerla de vuelta, de verla criar a sus hijos, tan pequeños aún, el padre asentía sin preguntar, sin querer saber qué trabajos haría ella en la gran ciudad, sin imaginarla ejerciendo de puta en la Calle de la Cruz.
Aquella noche no había mucho ruido por las calles del centro, eran más de las diez y todavía no había dado ningún servicio. A lo lejos dando voces, mentando la madre de alguien, apareció él, aunque el enfado se le pasó cuando vio la minifalda amarilla. Bajo pero corpulento, de aspecto rudo y manos de camionero, vestía ropa descuidada con algunos lamparones. De pelo corto y bigote que no llegaba a mostacho, le pregúntó que cuánto sería por la carrera,
- 500 pesetas más 350 de la cama del hostal, le dijo secamente.
- Ólvidate de la cama, vamos a mi bar, que hoy no abre porque no me sale de los huevos. Allí estaremos bien y podrás beberte una copa, invita la casa.
Hicieron el recorrido en silencio, ella andando detrás de él a sólo unos pasos. Apenas tardaron 15 minutos en llegar a la Calle Luciente, en donde en el número 9, tenía cerradas sus puertas un mesón, que curiosamente se llama del Lobo Feroz.
Entraron con la claridad del farol de la calle; prendió las luces y cerró la puerta. Aquel antro olío a lejía y a vino, como buena bodega que era; mientras le ponía al otro lado de la barra un Long John con hielo, ella miraba la decoración, las mesas, la barra de alumino con el canalillo para echar los deperdicios de las tapas, gambas o lo que fuese. En vez del jergón que habitualmente la Manuela le rentaba en la pensión para dar los servicios, se follaría a aquel infeliz en medio de un bar que a esas horas debería estar lleno de parroquianos.
Pese a que le quiso dar conversación, la parquedad de palabras de él le cortó pronto las alas, tan hosco como su modales y su descuidado vestir, mientras apuraba lo que quedaba del whisky le pidió las quinientas pesetas, algo que hizo él de inmediato, depositándolas sobre la barra.
- ¿ Dónde quieres que lo hagamos, tienes almacen o algo detrás? Le preguntó ella, obteniendo la callada por respuesta; fue entonces cuando con manos expertas se le acercó bajándole la cremallera del pantalón, tan holgado, que no hacía falta desajustar el cinturón para maniobrar con comodidad. Pese a los esmerados esfuerzos de ella, no consiguió que se le levantara, aquella polla estaba inerte, incapaz de alcanzar grado alguno de erección. Cansada de hacer para nada, se incorporó e hizo el ademán de marcharse, después de decirle
- Macho si no se te levanta, para qué me llamas.
Aquello activó algo en su cabeza, algo irracional e instintivo, que dio paso a un comportamiento primario y animal; sin mediar palabra, cogió el cuchillo jamonero que tenía en la zona de los encurtidos y sin pausa, le asestó doce puñaladas, la que le atravesó el pecho, mortal de necesidad.
Mientras de desangraba como un cerdo, se sentó en una silla de mimbre, se encendió un cigarro y dio varios tragos de la botella de Dyc que tenía al lado. Agarrándola por los brazos, fue arrastrándola hacia la bodega, escaleras abajo. Apartó unas cajas de cervezas vacías que había debajo del hueco de la escalera y allí depositó el cuerpo de Mariluz. Adormilado pasó allí toda la noche hasta que a la mañana siguiente, su asesino abrío un saco de yeso que tenía allí junto al instrumental necesario para hacer la ñapa. Con paciencia y oficio levantó una pared que ocultó el cuerpo asaetado y exsangüe de Mariluz; sin esperar a que el yeso fresco secara, puso las cajas de cerveza delante. El resto de la tarde lo dedicó a limpiar minuciosamente restos de obra y la sangre que a borbotones brotó del cuerpo de la malograda muchacha, que apenas tenía 22 años.
Allí, los dos años siguientes, pasó sus días y su noches la madre de los dos pequeños a quienes sus padres buscaron sin descanso, sin resultados. Dos largos años desde aquella infausta noche de 1987. Aquel asesino, del que luego se supo que había sido militar y legionario, al que habían diagnosticado una suerte de esquizofrenia, se cansó de regentar ese mesón que por mediación de su madre le había cedido un amigo de ella, un policía nacional. Cansado de no ganarle dinero, acabó traspasándolo.
Fueron los nuevos dueños, los que, haciendo reforma en el local adquirido, encontraron emparedada, a la buena de Mariluz, en compañía de otra prostituta, que corrió la misma suerte que ella y a la que la policía científica nunca encontró identidad. Una tercera corrió mejor suerte y pese a recibir varias puñaladas, logró salvar la vida al salir corriendo. Con ella terminó la carrera de fechorías del carnicero tabernero, a quien la justicia sólo condenó con efecto retardado y con atenuante de enfermedad mental.
Hoy Mariluz descansa en el cementerio de su pueblo gallego y observa como sus pequeños crecen felices, ajenos a la historia de una madre que pese a no ejercer nunca, siempre los tuvo en su memoria. El más pequeño atraído por la cocina, encaminó sus pasos hacia la restauración y hoy regenta el viejo local del abuelo donde ha montado una panadería, que se llama Mariluz.
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