Concubinato diferido
Antidio metió la llave en la cerradura y abrió la puerta de la habitación 312, como indicaba el número inscrito en el llavero de tamaño exagerado.
Era la típica habitación de hostal. Una cama de matrimonio de 135, con dos almohadones separados y una colcha de flores estampadas, presidiéndola y a los pies una mesa estrecha con su silla. Un armario empotrado nada más entrar a la izquierda y al otro lado la entrada al cuarto de baño. De frente, la ventana que daba a un patio interior y que dejaba pasar un hilo de luz suficiente para entrar sin prender la luz, gracias a unas cortinas a juego con la colcha, a medio entornar.
Había llegado pronto, tenía que esperar. Ella le había dado indicaciones precisas; cuando volviera de terminar sus visitas a tiendas de telas y de ropa, donde buscaba género para la boutique que tenía previsto abrir el mes siguiente, pasaría por su puerta, daría tres toques firmes y luego se iría a su habitación. - No antes de las tres de la tarde, le dijo. Con tres horas por delante optó por esperar allí mismo, por si se adelantaba. Vestido se tumbó en la cama, mirando al techo, incapaz de dormir pese al madrugón y al viaje.
Esperaría; toda su misión pasaba por verla, por estar allí con ella, en la 319. En la misma planta pero suficientemente separadas, ideal para no alimentar habladurías de pensión, donde estaba prohibido celebrar citas. Fue cosa del azar, sin pedirlas a posta, llamaron uno detrás de otro para reservar, desde el teléfono de la cabina pública que quedaba cerca del bar donde se veían de cuando en cuando, lejos del pueblo, para hablar.
Sólo para hablar, no habían dado ningún paso más, pese a las miradas lascivas, pese a mirarle las piernas cuando en la parroquia, acudían ella y su marido para ensayar el repertorio de canciones del coro. Esas piernas largas de muslos turgentes que culminaban en un trasero respingón que ella resaltaba con faldas de tubo. Era el mejor momento de toda la semana, cuando ella sentía que él la desvestía con los ojos, pese a nor verle porque le daba la espalda; no sabía cómo explicarlo, pero sabía que la miraba.
Sólo lo sabía ella, nadie más lo presagiaba, quién podría imaginar que el párroco podría tener deseos ocuros con una feligresa doce años mayor que él.
Apenas llevaba un año en la parroquia; hizo su primera aparición en la eucaristía del mismo domingo en que se incorporó a su puesto. Constantina estaba en la tercera fila, con su marido, Luís, el apuesto agente de la guardia civil con el que llevaba veinte años casado y tenía dos hijos. Eran una pareja de película, bien parecidos, con situación económica estable, despertaban simpatías y envidias a partes iguales.
Igual eran imaginaciones suyas, pero creyó que ella le miraba con sus ojos oscuros, profundos y penetrantes, que desprendían un magnetismo atroz, pese a tener gente delante, él no veía a nadie más que a ella. Fue puro instinto, fue un flechazo.
Pasaron las semanas, pasaron los meses y la conversaciones en público y ante todos, fueron sólo la antesala de lo que estaba por venir. Mientras sacaban del almacén los adornos navideños para decorar el colegio y los accesos de la iglesia, se quedaron sólos por un momento, fue entonces cuando él, le dijo:
- Podriamos tomar un día un café.
Ella se sonrió, mordiéndose el labio inferior, cuando le dijo: - En el Nepal a las cuatro, mañana.
Así llegó el primero de muchos cafés, que preparon el terreno abonado de un encuentro obstaculizado por un voto de castidad que mentalmente él llevaba meses obviando. Fue una tarde de comienzos de septiembre, cuando ella le comentó el viaje a Madrid, la compra de telas, las patrones de costura, las ganas de tener ingresos propios... Antes de irse reservaron la habitación. Después de despedirse se acercó hasta la estación de autobuses y compró el billete de autobús para la capital; faltaban más de dos semanas para el viaje. Tiempo suficiente como para arrepentirse.
Pidió la dispensa al obispo de sus diócesis para ausentarse unos días para viajar; oficialmente dijo que iría León para reunirse con gente de su familia. Los días previos apenas podía dormir, andaba distraído, pese a no verla, tal y como habían acordado para no levantar sospechas de la ausencia en los mismos días. Ella estaba en Madrid desde el día anterior, después de un placentero viaje en tren; él cogió el primer coche de línea a las seis de la mañana, embozado en una gabardina y vestido de calle, temeroso de ser reconocido; sentía que por cómo se comportaba estaba él sólo delatándose. De igual modo salió a la calle, ya en su destino, pese a conocer bien la ciudad de sus años de seminario, cogió un taxi y tras acreditarse en la recepción se marchó a su alojamiento de camuflaje.
No eran más de las ocho de la mañana cuando el guardia civil Luis comunicó a sus superiores que se sentía indispuesto y que debía marchase a su domicilio y efectivamente, así lo hizo. Pasó por la casa para coger unas aspirinas, tomarse una y acto seguido coger el coche y conducir hasta Madrid sin parar por el camino más que para llenar el depósito de combustible. Su Renault 18, no advertía baches, ni carabanas en esa carretera nacional que en 1985 distaba mucho de ser una vía rápida.
Dejó el coche en un parking próximo a la Puerta del Sol y andando se marchó al Hostal Veracruz, en la Calle Victoria; en recepción preguntó por su mujer, a lo que el empleado contestó llamando a la habitación de Constantina. Sintiendose descubierta, le dijo al recepcionista que le dijera que esperase, que ya estaba vestida para salir.
Luis esperaba intranquilo, andando de un lado para otro, el estrecho hall de entrada; sudando a borbotones y pasados unos minutos, al ver que Constantina no llegaba, pidió que le indicaran como se llegaba a la habitación de su mujer; tras recibir las indicaciones precisas, Luís se acercó al pasillo, y de la habitación 319 vio salir al párroco, descalzo, con el pantalón puesto pero sin la cremallera subida; en la mano derecha llevaba los zapatos en la izquierda, la camisa; iba con el torso desnudo.
De lo que ocurrió después, da cuenta el atestado policial: alertado por el agente, el cura se dio la vuelta y le dijo confundido, que qué hacía allí, a lo que Luís le contestó: - Un momento, antes de que te metas en la habitación tenemos que hablar.
Al poco salió Constantina al pasillo, en bragas y sujetador, indicando a su marido que lo que estaba viendo no era lo que pudiera parecer. Palabras que lejos de apaciguar, encendieron el ánimo del cornudo, que se avalanzó sobre el sacerdote.
Sin más testigos que la propia Constantina. Luis sacó su arma reglamentaria, empuñandola con la idea de apuntar a Antidio. En el forcejeo una bala salió del cañón de la pistola que perforó el pecho del vicario, atravesando pulmón y corazón, provocando su muerte casi instantánea.
- ¡Te dije que este cura nos iba traer la ruina! , acertó a decir el homicida antes de derrumbarse.
Cuentan los que acudieron al lugar de los hechos que Luís entró como en una especie de estado de trance, lamentándose en el momento de lo ocurrido, gritando que no quería hacerle daño, mientras su esposa, impávida, se mantenía al margen de la escena, con el amante caido en medio de un charco de sangre y el esposo alienado, sin hacer nada para taparse pese andar en ropa interior.
Apenas unos meses después el reo fue condenado a dos años de cárcel, condena mínima al observar el juez el atenuante de enajenación mental transitoria. En el tiempo de encarcelamiento, la pareja, lejos de separarse, estrechó aún más sus lazos, retomando su vida conyugal en el pueblo, con sus vecinos y allegados, como si nada hubiera pasado, cuando obtuvo el tercer grado penitenciario.
Mientras, Antidio yace muerto en la sepultura de su pueblo, detestado y olvidado por sus parroquianos, pese a que una placa ha sido erigida en la iglesia de la que fue párroco, como es costumbre, para hacer un homenaje a todos los que han sido pastores de almas por esos páramos. Para muchos vecinos es un homenaje irreverente, pese a que han pasado mas de cuarenta años.
Cuentan que hoy la pareja son un matrimonio de octogenarios que se hacen arrumacos y dan paseos por el puerto de mar, tras vivir una vida que retomaron montando negocios privados que les dieron grandes beneficios económicos. Bienavenidos y estables mentalmente, problemas que años atrás llevaron a ella a ir a psicólogos para tratarse, en cuyas visitas iba acompañada de... Antidio.
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