La mota de polvo

 Salió de casa con los ojos aún adormecidos, esperando a que el sensor de luz se activase antes de cerrar la puerta.

 Sin saber por qué alzó la cabeza y vio como una pelusas se posaban sobre el dintel de la puerta; instintivamente entró de nuevo en la casa y fue a buscar el plumero con su barra telescópica para llegar a donde se encontraban las pelusas invasoras. Fue entonces cuando al rozar la superficie de la pared, unas minúsculas partículas de cal cayeron, con tan mala fortuna de posarse sobre su cara. Algunas llegaron a su ojo izquierdo, creándole un escozor que al comienzo era insoportable.

 Confiando en que la lágrima hiciese su trabajo, devolvió el plumero a su sitio y cerró la casa; bajó al garaje  y cogió el coche. Los pocos kilómetros que hay de trayecto se hicieron eternos, el ojo seguía con molestias y tenía que conducir con él practicamente cerrado.

 El resto del día la cosa no lograba mejorar. Bajó al dispensario para que la enfermera del trabajo le mirase, sin suerte. El vial de lágrima artificial que le dió tampoco le alivió lo más mínimo, buscando sacar al intruso que se había trasladado desde la pared hasta el globo ocular.

 Fruto de la desesperación, pidió permiso para ir al centro de salud, donde al mirarle tampoco encontraron nada.  Antes de que le atendiera la enfermera, recibió la primera andanada de mensajes de ella, comentándole su frustración por no conseguir pasar la prueba, por volver a malgastar una oportunidad de conseguir su plaza.

 Escuchaba los audios con los ojos cerrados, aunque la mayoría de los mensajes eran escritos, toda una tortura para sus ojo lacerado. Sintió el deseo de decirle que estaba en el centro de salud, que apenas podía ver, pero en cambio no lo hizo.

 No entendió por qué no lo hizo.

 Como de costrumbre, la comunicación era unidireccional. La una hablaba, el otro escuchaba. Como al principio, como siempre. Fue una amistad con deseos de ser algo más, por su parte, nunca por parte de ella, que jamás respondió al principio de reciprocidad que cualquier vínculo ha de tener. Un toma sin daca.

 Aquella vez ya vio, (qué paradoja, cuando estaba medio ciego), que aquello que fuera que tuviera con ella no iba a ninguna parte, que no tenía sentido alguno. Pero como dice el refrán, no hay peor ciego, que el que no quiere ver y la cosa tuvo todavía unas cuantas semanas más de continuidad, hasta que un día una conversación aparentemente inocente desató la caja de los truenos y provocó la ruptura. Cocida a fuego lento.

 Hoy por la mañana saliendo de casa para coger el coche, volvió a mirar hacia arriba, de un modo mecánico, viniéndole a la cabeza el recuerdo de aquel día. No fue hasta bien entrada la noche, después de muchas horas de molestias, que la mota de polvo terminara por licuarse gracias a unas lágrimas que aquel día limpiaron algo más que a un intruso en un ojo; ayudaron a aclarar las dudas a un alma confusa e ilusionada por una persona que no se portó mal con él pese a la gran decepción; simplemente no era la adecuada.  

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