Ojos tristes

 Sentado en el sofá, al lado de su mujer, agitaba las manos haciendo el ademán de aplaudir pero sin ganas, con la mirada perdida. 

 Era un cumpleaños feliz cantado sin alma, sin vida.

 Ni siquiera después de recibir la ola de besos y abrazos. Ausente, gesticulaba con la cabeza y apenas se escuchaba de sus labios un leve gracias, tan apagado como su espíritu.

 Postal que quedó inmortalizada para la posteridad. Con la foto de su regalo, un reloj Casio que tanto anhelaba y que apenas si le produjo alteración de ánimo alguna. 

 Aniversario que es un regalo, tantos años de vida cumplidos, tantas cosas hechas y vividas, tantas con tantos otros que se han quedado en el camino mucho antes. Pero la cabeza estaba en otra parte. Estaba allí al lado, focalizado en otra persona, su mujer, la misma que un rato antes había tenido un percance que podría haberle dejado graves secuelas.

 Ojos tristes que en realidad denotan miedo, pavor a la pérdida. 

 Tarta que sabe amarga, pese a tener mucho más que celebrar, si cabe.

 

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