La dama de negro
Andaba distraído, jugando con el perro, recostado en la cama con medio cuerpo de lado sobre el cómodo gran almohadón.
De repente levantó los ojos y ante su vista apareció ella.
Entallada en un vestido negro de una pieza, que se deslizaba sobre sus caderas y sobre su busto, marcando líneas curvas e insinuantes que se coronaban arriba con unas finas tiras que dejaban al descubierto unos hombros preciosos, mientras abajo, se perdía en una minifalda que anunciaba la llegada de unos turgentes muslos discretamente ocultos por unas medias tan negras como el vestido.
Lentamente se acercó a la cama y tras posar una de sus hermosas piernas sobre el colchón comenzó a gatear sobre aquel, acercándose lentamente hacia él, que en aquel momento se olvidó del cuerpo exhuberante que tenía ante sí para perderse en aquella cara tan hermosa, de cabellos rubios como el oro, con unos ojos limpios y penetrantes de gata que le miraban.
Cuando su boca estuvo a unos centímetros de la de ella y comenzó a sentir su aliento, supo que estaba perdido, que nada de lo que pretendiese hacer estaría ya bajo su control.
Embriagado con su perfume se dejó llevar como en una estampida que arrasó con todo y se lo llevó por delante, dejándolo exahusto, sumido en un sueño tan plácido como profundo.
A la mañana siguiente abrió los ojos y volvió a verse en la cama, junto al perro; aturdido y confuso; aunque la duda le durase apenas un instante, el que tardó en ver a su vera a esa diosa vestida de negro que dormía dulcemente a su lado.
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