El ángel exterminador
Aparcó el coche cerca de la entrada, pero lo suficientemente lejos como para no ser observado. Tenía a la vista la entrada del local; estaba la puerta abierta y había luces dentro. Aunque adivinaba que había más de una persona, no quiso cerciorarse de cuántos eran y se quedó quieto donde estaba.
Cerró la puerta con el mando y se fue a dar una vuelta para hacer tiempo. Aún quedaban más de cuarenta y cinco minutos para que llegara la hora. Se puso sus auriculares y buscó una de sus playlist en Spotify. Bordeando un tramo del carril bici, dejó que sus piernas caminasen ligero, al ritmo de la música que había seleccionado.
Aunque lo había hecho por azar, que sonase música funky lo vio como un gran presagio; nada ayuda más a moverse que una canción de un grupo que anima a bailar.
El reloj lenta y parsimoniosamente fue descontando los minutos. Cuando apenas si quedaba un cuarto de hora, se acercó de vuelta al coche, abrió el maletero y sacó la mochila con la ropa para cambiarse. Tiempo suficiente antes de comenzar la actividad con sus compañeros.
Ya iba de camino, al girar la esquina se vio de frente de la entrada del local, en lo bajos de un bloque de viviendas. Poco a poco se fue percatando de quien estaba dentro. Dos personas sentadas hablando, a ninguna de quienes conocía y una tercera caminando en la zona de calentamiento. Fue entonces cuando ocurrió.
De repente notó que le venía como un pequeño brote de ansiedad, como si le subiera un leve cosquilleo desde la boca del estómago; se le aceleró la respiración y sintió como las piernas se volvían rígidas y bajaban el ritmo de sus pasos. Apenas estaba a diez metros de la entrada, pronto para cruzar el paso de peatones que hay delante, cuando, sin percatarse de que estuviera dándose así mismo esa orden, sus pasos cambiaron de dirección y bordearon el edificio. Mientras pasaba de largo, comprobó como el tercer inquilino del local, el que caminaba sólo, cruzó por instante su mirada con él. Se sintió como si fuera un caco al que hubieran descubierto en pleno hurto y sus piernas, esas que un momento antes estaban agarrotadas, aligeraron el paso y le ayudaron a huir de allí.
¿ Por qué?
Sin solución de continuidad se metió en el coche y arrancó. Sin ánimo ni de encender la radio, en silencio y cabizbajo, regresó a casa. El exceso de tráfico a esa hora convirtió el habitual trayecto de unos minutos, en un via crucis de una hora larga.
Cuando llegó a casa se duchó. Se sentía sucio y desorientado. No entendía que había sucedido. Fue entonces cuando se acordó de la película de Buñuel, aquella en la que sus protagonistas, invitados de una fiesta, se vieron en la necesidad de subsistir en una habitación grande de la que no podían salir, pese a que no estaban encerrados, ni nada aparentemente les impedía hacerlo.
Ya sentado en el sofá, con su manta cubriéndole, se conjuró así mismo para buscar las razones de su comportamiento; buscaría los motivos de esa inseguridad repentina, de ese temor incomprensible, que le llevó a malgastar una tarde y a perder una oportunidad de actividad y esparcimiento.
Tocaba plantar batalla, dar guerra a ese angel exterminador que de algún modo llevamos dentro y que, en ocasiones condiciona la existencia. Era tan sólo el primer round. Comenzaba la pelea, sólo faltaba por saber, cómo sería de dura la batalla.
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