Badge

  Como cada tarde que regreso, como un autómata suelto la mochila encima de la única silla que hay en toda la casa y después, me quito el abrigo.

 Como si fuera un ritual, que no me salto en ningún momento o circunstancia. A veces me da por fijarme en las cosas que hago y a menudo me doy cuenta de que mis acciones son repetitivas, que funciono casi como un autómata.

  Cuando estaba colgándolo ya en su percha dentro del armario, me percaté de que llevaba aún encima el identificador del trabajo. 

  Identificador, más conocido como badge, como buena empresa multinacional que utiliza el inglés en todas sus comunicaciones.

 Desde que entro hasta que salgo, con la tarjeta de plástico encima, con mi nombre y mi foto que luce en mi cuello como si se tratase de un colgante.

 A veces pienso que es como si fuese una cabeza de ganado a la que le han colocado, grabado a fuego en la piel, la divisa de la ganadería.  

 Son ya muchos años llevando la identificacion en ristre, santo y seña sin el cual, no puedo franquear los accesos al edificio donde laburo, como dicen los argentinos.

 Haciendo memoria, la última vez que me sucedió lo mismo, fue a comienzos de mi estancia en la empresa. En aquella ocasión me di cuenta de que no lo había guardado en la mochila, andando en plena calle, antes de entrar al metro. Por acordarme, hasta me acuerdo en donde ocurrió eso; es aveces soprendente lo selectiva que puede ser la memoria, que recuerda cosas definitivamente intrascendentes, como esta.

 Me lo quito y lo guardo donde siempre, en el bolsillo delantero de mi nueva mochila, donde siempre lo pongo para no extraviarlo o dejarlo olvidado en casa. Me sonrío y sigo con mis cosas, sin sospechar que la anécdota acabaría siendo parte de este blog, cosa que he decidido esta mañana, sobre la marcha. Nunca se sabe qué puede servir de argumento para escribir unas líneas, ni qué puede ser fuente de inspiración. Nunca.

 

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