La cara de la otra

 Llevaba días metido en su habitación de hostal. El temporal que azotaba la zona quitaba las ganas de salir a la calle, más con ese viento huracanado que cortaba literalmente la cara.

  - Entre la pasta que gano y la que no gasto, me voy a hacer con una señora cifra en la cuenta corriente, se decía satisfecho.

 Cuando aceptó el puesto de soldador sabía a lo que venía; largas jornadas de trabajo en condiciones difíciles, especialmente de temperatura y pocos atractivos en la zona de trabajo, apartada del mundo civilizado como si fuera un reducto de supervivientes en un mundo agonizante. Sólo serían seis meses, pero había días en que la magnitud del tiempo parecía dilatarse.

 Cansado como estaba, bajó temprano al comedor de empresa, donde dio cuenta de una ensalada y una cerveza, en un rincón, apartado de nadie que pretendiera darle conversación; tenía fama de hosco y en los últimos días ese dudoso título lo estaba ganando a pulso. Depositó la bandeja con los restos de la ingesta y se marchó a su dormitorio.

 Metido en la cama, con la televisión puesta, donde una serie de Netflix escogida al azar proyectaba la trama de su primer capítulo, miraba sin mirar con la cabeza puesta en otra parte. De repente como otras veces pensó en ella, de una forma física y sexual, notando cómo la entre pierna se excitaba y su miembro se inflamaba ganando rigidez en una nueva erección. Con la mano derecha , con movimientos suaves, comenzó la autoestimulación, cerrando los ojos al tiempo que se relamía, como buscando unos labios carnosos que besar.

 Fue entonces, como otras veces, cuando apareció en su mente la cara de la otra. No entendía por qué. Estaba enamorado de su novia, sentía deseo por ella, sus encuentros sexuales estaban dotados de una entrega y un placer como no recordaba haber sentido antes, salvo esporádicos polvos con desconocidos ligues de noche de discoteca. Había pasado y salido de su vida hacía tiempo, pero por alguna razón, cuando buscaba aliviarse en soledad, era la cara de la otra y no la de su chica la que afloraba en su ensoñación onanista.

 Se puso a tono y no tardó en terminar y correrse, disfrutando de esos efímeros instantes del orgasmo auto infringido, del que sólo queda como recuerdo el semen, abundante, esparcido por la entre pierna. Con diligencia se limpió con papel higiénico que luego depositó en el retrete, cloaca habitual para hacer desaparecer cualquier prueba comprometedora. Como si tuviera que disimular, se encendió un cigarrillo para atenuar el olor de la corrida, ese olor a sexo que percibe con más intensidad quien lo ha practicado que un tercero,  temeroso de que alguien tocara a la puerta y le reclamara para alguna cosa.  Inercias de la intimidad, como si se tratase de borrar las huellas de un crimen.

 No tardó en quedarse dormido, aunque el poco tiempo que le quedó de vigilia, volvió a dedicarlo al mismo pensamiento, siempre con la misma pregunta para la que no tenía respuesta , por qué ponía la cara de la otra, si no había sido siquiera su pareja, si no habían follado nunca.  

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