El vuelo 572

 Llegó alegre  a la terminal, con un poco de adelanto a lo que suelen aconsejar las compañías aéreas.

 Estaba tomando un café cuando en los monitores un desconcertante cambio de hora anunciaba su vuelo para las siete de la tarde en vez de la una del medio día como estaba previsto.

 Consultó la pagina web de la compañía donde adquirió el billete y confirmaba la demora. El motivo del retraso, una avería en el motor del avión y la necesidad de trasladar al ingeniero que la iba a reparar hasta el aeropuerto. 

 Seis horas de espera, que se convirieron en nueve, al demorarse todavía más la salida. Cerca de las once de la noche, con varias coca-colas en el estómago cortesía de la línea aérea y varios kilómetros acumulados de paseo por los pasillos de la terminal, el vuelo despegó.

 Se tenía conocimiento de las complicadas condiciones atmosféricas en el aeropuerto de destino, aún así el vuelo transcurrió tranquilo, sin grandes turbulencias.

 Hasta que llegó el momento de iniciar la aproximación a la pista de aterrizaje.

 Fue entonces cuando el aparato comenzó a cimbrearse de manera notable, golpeando el viento al avión por sus flancos, provocando que a duras penas éste consiguiera mantenerse recto. Ya comenzaban a ver por las ventanillas los techos de los depósitos de combustible que suele haber en todas las pistas de aterrizaje y a ver las luces y el asfalto de donde el pájaro iba a posarse, cuando el viento volvió a sacudir el avión, inclinándolo hacia la derecha muchos grados; era obvio que la cosa no iba bien.

 Tan cerca , a tan pocos metros de tomar tierra, en el único instante en que la nave volvió a estar recta se produjo un acelerón del motor y el aparato comenzó a coger altura, para sorpresa del pasaje que comenzó a murmurar cosas.   

 El chico que tenía a su lado empezó a respirar aceleradamente; era obvio que le estaba dando un ataque de ansiedad. La azafata principal, sin levantarse de su asiento, cogió el teléfono y comunicó que el piloto había decidido abortar la maniobra de aterrizaje; en breves momentos nos comunicaría qué había sucedido.

 Mientras el avión seguía cogiendo altura, seguía subiendo más y más.

 Silencio. Al menos cinco minutos sin que el comandante dijera nada. El nervioso vecino de asiento fue calmándose poco a poco, gracias a las carantoñas de su otro acompañante, seguramente su pareja.

 Por fin el comandante activó el micrófono de cabina y se dirigió al pasaje. Confirmó el peligro de la maniobra y la necesidad de volver al punto de partida, por imposiblidad de efectuar aterrizaje en ningún aeropuerto cercano.

 Un grito ahogado de resignación se apoderó del pasaje. Apenas duró un instante; un silencio aún más rotundo que el anterior cubrió toda la cabina, hasta que el vuelo concluyó cuando el aparato posó sus ruedas en la pista de Barajas

 El vuelo entonces se disipó entre brumas; una jardinera les sacó y llevó a la terminal, donde una empleada de la compañía repartió formularios de reclamación y ofreció alternativas de traslado en autobús, aguantando estoicamente los acalorados reclamos de los pasajeros, efectuados en varios idiomas.

 Se alejó de la marabunta y sus pasos, mecánicamente, se dirigieron hacia los aledaños del suburbano, aún cerrado. Dejó su maleta en el suelo, junto a uno de los bares próximos también cerrado y sobre ella posó su cabeza tumbado sobre el frío suelo de mármol. Cuando el reloj dío las seis de la mañana, accedió al fin al metro y se subió en el primer tren de la mañana.

Llegó a su casa cerca de las nueve. Casí veinticuatro horas depués de haber salido de allí. Aunque se tomó un café y quería haber comenzado a rellenar on line los formularios de reclamación, se apoderó de él un sueño tan pesado como paralizante. Bajó la persiana y se metió en la cama, durmiendo varias horas de un sueño profundo y pesado. Cuando despertó no sabía dónde estaba, aunque pronto la cómoda en la esquina le ubicó en su dormitorio. 

No lo había soñado, el vuelo 572, nunca le llevó a su destino.


 

 

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