Una tarde de sábado
Un sábado de agosto en Madrid. El reparto de vacaciones con los compañeros de la oficina no le satisfizo nunca, aunque el malestar parecía haberse cauterizado hasta que, llegada la semana que le tocaba quedarse de guardia en la oficina, se dio de bruces con la realidad de estar en la ciudad, trabajando y sólo.
No sabía por qué, pero el viernes de víspera se encontraba cansado, pese al poco trabajo que se había acumulado a lo largo de la semana; se acostó pronto, sabedor de que no tardaría en conciliar el sueño. Cuando recuperó la consciencia ya era bien entrada la mañana, el despertador marcaba las diez y media, una hora a la que nunca se levantaba. Nunca se le pegaron las sábanas, nunca le gustó dormir, sensaciones que se acrecentaban a medida que iba cumpliendo años.
A fuerza de ser la costumbre de todos los sábados, despachó tras tomar el café con leche que era su único desayuno, las tareas de casa, la visita al supermercado y pasar por el autolavado para dejar limpio el coche. Tras tomar una cerveza y picar algo en el bar de la plaza que estaba abierto, volvió a casa con la intención de echarse la siesta. Tras un buen rato traspuesto, se decidió a salir y a hacer algo para no quedarse enjaulado en su apartamento lo que restaba de día.
Cogió el coche y fue al centro comercial, para mirar tiendas sin intención de comprar nada. El que con frecuencia aparecía atestado de gente, un día como ese a esas horas, estaba en aquel momento tranquilo, con poco movimiento y espacio de sobra para caminar y visitar las tiendas.
Entró en una de las zapaterías cuando la vio. Estaba echando un vistazo a unas sandalias con forma de cuña de esparto. Rubia de permanente, lucía un pelo abombado y voluminoso que hacía imposible no percatarse en ella. Vestía un traje de dos piezas negro, de pantalón ajustado y un chaleco, bajo el cual se acomodaban unos pechos que por su tamaño, peleaban por salir de su encierro. Absorto en mirarle las tetas estaba, cuando ella se percató de que la estaba observando.
Cuando se sintió descubierto, apartó la mirada, apenas un instante, lo suficiente para darle a ella tiempo a que continuara con sus búsquedas y se olvidara de lo que había pasado. Convencido de que ya se habría fijado en otra cosa o incluso habría iniciado la salida de la tienda, descubrió con sopresa cómo seguía en la misma postura, semi agachada, mirándole fijamente con una sonrisa tenue dibujada en su rostro, sabedora del poder hipnótico de sus pechos, ampliamente visibles desde donde él estaba.
Lo que vino después ocurrió rápido, casi sin tiempo de digerirlo. Ella se puso recta, soltó la cuña que cayó sobre el estante sin que ella se preocupase donde lo hacía. Sin dejar de mirarle salió con paso lento del local, sólo girando la cabeza cuando estaba a punto de atraversar la puerta de salida.
El la siguió en el acto, cambiando el canalillo y los turgentes pechos por las curvas del culo entre cuyas nalgas generosas se marcaba el tanga. A una distancia prudencial, como hipnotizado, fue detrás de ella.
Sabía que la seguía y eso que en ningún momento se giró para comprobarlo; enfiló por el pasillo que conducía a los baños, que estaba solitario. Cuando la vio girar a la derecha, entrar en el aseo de señoras, como si estuviera poseído fue detrás de ella sin pensar que pudiera cruzarse con alguna o que le viera nadie.
Ella entró en uno de los baños, apenas tardó unos instantes él en llegar allí; la puerta estaba semientornada, cuando la abrío vio como ella tenía una pierna apoyada sobre el retrete, mientras se agarraba con las manos las tetas y se mordía el labio de la boca.
Entró, cerró la puerta, echó el pestillo. Acto se guido se abalanzó sobre el escote, antes de ofrecerle su boca que ella aceptó sin rechistar. Se besaron con furia, besos con lengua, mordiscos a modo de anticipo.
Con un gesto firme. Le echó hacía atrás, empujándole hacia la pared, haciéndole daño al clavarse en la espalda el dispensador de papel higiénico; con habilidad desabrochó su pantalón y en un momento se intrudujo en la boca el pene de él, erecto como nunca. Quiso agarrarle el pelo, pero de repente le dio pena despeinarla, así que mientras contenía los gemidos para intentar que no les descubrieran, se agarró a la pared y a una percha que sobresalía con un aplique de la pared. Notaba cómo su lengua le recorría el glande con suavidad, como la polla entraba y salía a buen ritmo de su boca, acariciada por sus labios con leves pausas que ella aprovecha para sacarse el falo de la boca y comerle los huevos.
Pensaba que no tardaría en correrse, pero no, sentía que ella sabía lo que hacía, simplemente estaba poniéndole a punto; se incorporó, y mientras volvía a ofrecerle su boca con mordiscos salvajes, se dio la vuelta, se sacó de una vez el pantalón y mientras dejaba a la vista el tanga de hilillo enterrado en sus generosas nalgas dijo:
- Dame por el culo.
Sin quitarle el tanga, que simplemente apartó un poco, se giró hacia la puerta, poniéndola a ella a cuatro patas, apoyando una sola de las rodillas sobre la tapa del inodoro. Orientó la punta del pene hacia el orificio que encontró con facilidad y de un gestó introdujo la polla por el ano de ella, que de la primera embestida no pudo evitar un grito.
Si alguien les oyó o no, nunca lo supieron, tampoco les importaría demasiado. Agarrándole primer las tetas, luego la cintura, el comenzó a penetrarla sin pausa, cada vez con más rapidez, cada vez con más fuerza, sintiendo como el sudor de las nalgas de ella se mezclaba con el de sus ingles. Apoyando la cara en la espalda de ella, dio el último empellón, ahogando un grito de placer mientras se corría, empapando con el sudor de su cara el chaleco de ella.
Sudorosos y jadeantes, permencieron por unos instantes así apoyados. Ella se separó de él, cogió un poco de papel higiénico con el que se limpió los restos del combate. En un momento se colocó el tanga, se subió el pantalon y se dio la vuelta mirándole a los ojos.
Con ternura le acarió la cara, le ofreció una vez más su boca; en vez de un beso con pasión, sólo le mostró los labios, pudo sentir una vez más su aliento; el vio en sus ojos un brillo fascinante, misterioso.
Le apartó de la puerta, salió hacia donde estaban los lavabos, se atusó un momento el pelo y con precisión milimétrica se repasó una boca en la que volvió a relucir el rojo. Sin mirar atrás salió de los servicios.
Seguía sin haber nadie.
En esta ocasión se quedó paralizado. Cuando se hubo calmado un poco, salió despacio de los lavabos, sin cruzarse con nadie. Nadie le vio salir del servicio de señoras, ni siquiera del pasillo que conducía a los baños.
De repente le entraron las prisas. Dio un par de vueltas al centro comercial, se perdió por sus pasillos tratando de encontrarla. En vano.
Esa noche acostado en su cama, no pudo dormir. Otras muchas noches, no pudo olvidarla.
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