Paloma
Paloma no era guapa, ni destacaba especialmente por su físico, aunque se sacaba su partido; morena de pelo rizado, gracias a la delgadez de su cuerpo, a sus notorias caderas y a sus piernas finas.
Nunca supo cómo ni por qué ocurrió, en que momento notaba que le gustaba. Ni siquiera supo cuando había dejado de salir con su compañero de clase, sevillano y del Estudiantes, al que de cuando en cuando veía porque, tras acabar la carrera, encauzó su vida profesional en hostelería, como encargado de un restaurante perteneciente a una conocida cadena de comida rápida.
Tan vagos son los recuerdos, que ni sabe cuándo se enrrolló con ella por primera vez; sí que tiene nítido en el recuerdo la noche que asistieron a un concierto de blues, en la Sala Clamores al que poca atención prestaron, arrinconados en una discreta mesa al fondo, comiéndose a besos, sin disimulo alguno.
Esa noche quiso subir a su casa, vivía con su tía en una finca señorial del centro, pero la incómoda presencia de la tutora obligó a procastinar el primer encuentro sexual.
Procrastinación que duró para siempre. Por unas cosas u otras, el ansiado polvo no llegó jamás.
Cuando volvió a verla en las escaleras del metro de una nueva estación del PAU de Carabanchel, no la reconoció; fue ella la que cuando ya le daba la espalda le llamó por su nombre. Al girarse por un momento quedó desconcertado, aunque pronto hizo memoria, pese al cambio de imagen, el paso de los años y la larga espera antes de volver a verse. El mismo pelo rizado fue quen dictaminó el juicio de reconocimiento afirmativo. Era ella, sin duda.
Apenas si hablaron unos minutos. Ella iba a buscar a su hijo al colegio, cerca de su nueva residencia en ese barrio de Madrid al que otros muchos conocidos han terminado mudándose. Barrio que fue también el suyo durante una etapa de su vida, mientras salió con la que fue su pareja durante cinco años. Pese a vivir allí por temporadas, nunca más volvió a verla.
Quién sabe si hubieran retomado el contacto, si hubieran saldado las cuentas pendientes. Alguna noche soñó con ella e inevitablemente el sueño tenía un alto contenido erótico.
Todo en Paloma es nebulosa, es extraño; ni siquiera entiende por qué hoy y ahora se acuerda nuevamente de ella. De lo que no cabe duda es que, pese a la fugacidad de su presencia, de algún modo su estela y recuerdo son una impregnación vital, algo que cada cierto tiempo sube a la superficie, desde el fondo del pozo de las experiencias de vida, que se acumulan como en un archivo, en el seno de su propia conciencia.
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