Amanece

 Sensación extraña. Amanece apaciblemente, después de una noche de viento y lluvia azotando los cristales. 

 No ha sonado el despertador, no hay prisa por ir a ninguna parte, no hay mayor obligación que la de preparar un apetecible café moka. 

 Vapor de agua mezclado con la planta aromática que invade toda la cocina y se expande por el salón. Placebo.

 La extrañeza se acrecienta aún más por la limpidez de pensamientos, esa que altera los ritmos cardíacos más que las carreras y los paseos en bicicleta. No hay mayor propulsor del cardio que los pensamientos aturullados y empantanados en la azotea.  

 Mañana de sábado como terapia, al ritmo que marca la obligación de no obligarse a nada, de no estar pendiente de nadie. 

 Amanece todos los días, pero no lo hace siempre igual. Hay amanceres de luz y otros, que aunque brille el sol en todo lo alto, no muestran claridad alguna. De nada sirve que llegue un nuevo día, si no se acompasa con él un estado mental equiparable. 

  Cafeína que cumple con su obligación, que despeja la mente y saca de contexto las últimas legañas del pasado sueño reparador. Preparados para comenza el día que prometer ser un auto regalo.

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