Vórtice
Se levantó de la cama como siempre, haciendo un leve escorzo, intento de abdominal, hacia la izquierda, apoyando los pies en el suelo. Los primeros pasos son torpes, rígidos de un andar casi de muñeco, como si a las articulaciones les costara calentar antes de comenzar a moverse. Nota que esos primeros pasos denotan una cierta cogera del pié derecho y se pregunta desde cuándo cada vez que se levanta, lo hace así, tan torpemente, si no será un anticipo de lo que le viene en la senectud.
Rutinas de mañana que incluyen siempre dos paradas: el baño para miccionar abundantemente y la cocina, para preparar una cafetera moka bien cargada; paulatínamente los ojos terminan por abrirse del todo y se hacen a una luz que pelea por colarse entre los requicios de las persianas, aún bajadas.
El aroma del café que sale de la cafetera regurgitante, hace las veces de despertador, antes incluso de comenzar la ingesta, aroma que impregna la estancia hasta bien entrada la mañana; no hay mejor ambientador para la casa. Vuelca el preciado líquido negro en una taza hasta llenarla a la mitad; el resto lo completa con leche semidesnatada. Coge una cuchara y remueve la mezcla.
Cuando saca la cuchara observa los remolinos que por efecto del movimiento en círculos, aún permanecen dentro de la taza; van hacia abajo empujando hacia el fondo a los grumos que se han hecho, así como los granos minúsculos de la mezcla que afloran por contraste con la leche. Física pura. Por unos instántes se deja llevar mirando ese vórtice hasta que se calma y devuelve a la superficie de la taza una impresión plana y calma, sin movimientos.
Cuánto hay en la vida de vórtice y cuanto de calma chicha; no siempre esos remolinos se forman por efecto de una fuerza; a veces están en movimiento y no se ven, debajo de esa capa tranquila de la superficie. Cuántas cosas se van hacia abajo, hacia el fondo, impulsadas por ese remolino inverso que te empuja hacia al abismo, como una poceta de río tramposa.
Física y melancolía, en el fragor de la madurez, en periodos de transición, con pilas que aunque cargadas, carecen de órdenes para transmitir fuerza en alguna dirección.
Termina el café, la fase de reactivación ha concluido. Empieza un nuevo día. Horas por cubrir.
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