Fantasma

 - Métemela hasta el fondo, por favor...

 Gime mientras se estremece y le agarra el pelo con las dos manos, él que está lamiéndole los pezones con profusión se incorpora y la mira, mientras se apresta a seguir sus instrucciones. Apoya ambas manos en la almohada y comienza sus embestidas, cada vez más seguidas, cada vez más fuertes, hasta que logra que los jadeos se conviertan en gritos, cada vez más altos, que resuenan y hacen eco en la habitación, hasta que llega el jadeo último, el de él, que anuncia que se ha corrido, dentro y sin condón.

 Exhausto cayó encima de ella, sobre sus pechos; ella le coge el pelo de nuevo, esta vez entre caricias; no tardarían en quedar profundamente dormidos por algunas horas, hasta  que ella le pida que se marche, en mitad de la noche.

 La conoció en un bar de moteros de Parla, adonde fue a parar después de que discutiera por enésima vez con Nati. Estaba en medio de la barra, sóla, sin que ninguno de los pocos barbudos de chupa de cuero le hiciese el menor caso. Se sentó a su lado y pronto comenzaron a hablar; se llamaba Isabel y tenía diez años más que él.

 Lo que parecía un simple tercio de cerveza, fue dejando paso a otro y otro más; cuando comenzaron el cuarto ya le había contado su vida. Era funcionaria que se había divorciado de su marido, al que tenía que seguir viendo porque trabajaba donde lo hacía ella; a raíz de la ruptura cayó en una depresión, de la que salió un día, cuando sin previo aviso, decidió operarse las tetas; por culpa de unas malas inversiones le habían desahuciado del chalet, la parcela del campo, el coche y  no tenía nada a su nombre porque aún debía dinero al banco, temerosa de ser carne de nuevos embargos.

- ¿Ves este teléfono?, está a nombre de mi hija, es en su cuenta donde tengo domiciliados todos los pagos y la nómina.

 A la quinta cerveza y sin cenar, los efectos del alcohol se multiplicaban en la cabeza. Imprudéntemente decidió coger el coche y acercarla a su casa. Cuando ya se iba a bajar, quedó libre un hueco de aparcamiento. No tuvo ni que decirle nada; una simple mirada cómplice entre los dos sirvió para que el aparcara en el espacio disponible. Renqueantes subieron las escaleras hasta el piso de ella, él detrás mirándole el culo embutido en unos vaqueros muy ceñidos. 

 Aún quedó tiempo para tomar dos copas de whisky con coca cola, mientras ella seguía contándole su vida:

 - Este piso me lo alquila una amiga muy mayor, sin contrato, a un precio irrisorio; tengo miedo el día que no esté, a donde iré... Soy una mujer fantasma; existo pero no rezo en ninguna parte.

 Cuando terminó de vestirse notó como ella había eliminado todo el alcohol de su cuerpo y sus ojos denotaban tristeza y un mandato claro: pedían soledad. Le acompañó a la puerta y antes de que cerrara apenas si abrió los labios para susurrarle un adiós. 

 Esa fue la última vez que la vio, envuelta en su bata de franela azul oscuro, con el pelo revuelto, con esa mirada perdida que le viene a la cabeza de cuando en cuando.

 Dudó si volver a localizarla; al final desistió de ir al bar de moteros de aquel polígono, a las afueras de Parla, a donde el calentón por enfado le llevó aquella noche. Noche de primicias y de despedidas. Nunca más volvió a ver a Isabel, tampoco a Nati. Cortaron por whataspp con el convencional, vamos a darnos unos días para pensar, que se transformaron en años. 

 En ocasiones piensa si no fue una mujer fantasma de verdad, la que apareció aquella noche de ruptura en su vida, sin nombre y sin presencia, tan sólo un recuerdo.

   


 

  

Comentarios

Entradas populares