Las cigüeñas
Hacía un frío que pelaba. Ni siquiera guarecido en las viejas y angostas calles del casco antiguo, que parapetaban del aire, se restaba un mínimo esa sensación de escalofrío que calaba en los huesos.
Aunque aún era media tarde, ya se barruntaba la noche; tocaba terminar la visita, ver la plaza mayor antes de buscar refugio en alguna de las tabernas colindantes.
Al taconeo de los zapatos en la piedra desnuda, acompañaba el crotoreo de las cigueñas, dueñas y señoras de los cielos, unas describiendo arcos en pleno vuelo, con su majestuosa envergadura de alas, otras instaladas en sus nidos próximas a chimeneas y campanarios poniendo así la música y puesta en escena final a una tarde de esparcimiento y tranquilidad.
Apenas a unos pasos de nosotros, de repente se oyó el chillido de una niña, que exaltada, gritaba a la madre que le había caído algo en el abrigo. Pronto se hizo un pequeño corro entorno a aquella familia, de cuantos andábamos cerca, animados por la curiosidad de ver qué sucedía. La madre comprobaba con disgusto como era una cagada de pájaro lo que le habia caído en su abrigo de felpa verde pistacho.
Grande y marrón, llena de grumos y maloliente, parecía extenderse más por la prenda de vestir, a cada intento de retirar la masa infecta con un pañuelo, de la tela que la empapaba a conciencia,
- Espero que no la corroa y en la tintorería nos la dejen bien, decía aquella mujer que a duras penas consolaba a la pequeña, cuyo disgusto le llevaba a hacer pucheros cada vez menos disimulados.
Lo que podría haber sido una pequeña anécdota, pronto pasó a ser otra cosa. Quién sabe si porque nos convertimos en blanco fácil de las aves, que seguían volando en círculos en lo alto, porque era la hora de ir al baño, o simplemente porque sufrían de algun tipo de incontinencia, pronto comprobamos, sorprendidos al principio y luego espantados buscando refugio en los soportales, que aquel bombardeo no iba a dejar a aquella muchacha como única damnificada.
Fue entonces cuando, estando ya próximo al arco de piedra que me anunciaba de la llegada a un sitio con cobijo, cuando me cayó aquel proyectil inmenso, en plena cara, acertando de lleno a mi aguileña nariz, enterrada en excremento a la altura de su caballete. Aunque intenté disimularlo, pronto los que me acompañaban se hicieron cargo de la situación, y comenzó una retahíla de carcajadas que lejos quedaba de la empatía y pena que la muchacha del abrigo despertó entre el público presente.
Mientras oía las burlas, alcé la mirada al cielo, pensando en lo que habría hecho en ese preciso momento si me hubieran dado una escopeta y hubiera tenido puntería, aunque me hubiese costado dormir en chirona por ser una especie protegida...
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