La reja
Paseo por la Plaza de la hora en Pastrana y tras pasar el arco de acceso a la misma, diviso a un lado una minúscula placa que recuerda la visita de Camilo José Cela a estos páramos, allá por 1946, conmemorativa de su famoso Viaje a la Alcarria.
Decía el escritor que al incorporarse a la plaza de soportales y mirador imponente a las serranías cercanas, creía estar entrando en una ciudad medieval; a buen seguro que la sensación se acrecentaría a medida que anduviese por sus angostas y empinadas callejuelas, llenas de casas con blasones y escudos heráldicos, ínfulas arcaicas de un pasado que hoy aún reluce e impresiona al visitante esporádico.
Pero el plato fuerte de la visita a esta villa insigne requiere volver a la plaza y al edificio que la preside, el palacio ducal de los Mendoza De la Cerda, recinto que conoce muchos episodios interesantes del reinado de Felipe II y que se ha hecho famoso por ser la prisión de la dama más carismática del imaginario histórico español: la Princesa de Éboli.
Miro hacia arriba y tras sacar la foto no puedo dejar de mirar, embelesado, el balcón enrejado, ese que al igual que otras estancias de palacio, fue cerrado y cal y canto por encargo del rey de la Casa de los Austrias. En él asomaba durante una hora al día la presidiaria, con su parche en el ojo, no se sabe bien si porque fue herida con un estilete o porque poseía un feo estrabismo que afeaba sus bellas facciones. Esa hora de aire y vistas a la lontananza es la que da hoy nombre a la plaza que alberga el palacio.
Qué pensarían sus vecinos al verla asomar por su enrejada atalaya, sabedoras de que era una grande de España, en su día aspirante a monja, azote de Santa Teresa y amante del traidor Antonio Perez, quien ahí mostraba su fisico, a buen seguro erguido y altanero pese a la pena de prisión perpetua a que había sido condenada. La altivez no conoce de palidez alguna. Mujer que supo hacerse notar, con o sin acierto, en un mundo vestusto de hombres.
Termino mi visita, no sin antes mirar en google una imagen de la princesa, la mujer del parche con solera, para declararle mi devoción perpetua.

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