El apretón
Estaba en mitad de un atasco cuando empezó a notar el estómago contraído, como si el abdomen se le metiera para adentro. Cada vez más rígido en su asiento, apretó con fuerza el volante cuando sintió el primer retortijón.
Poco a poco aparecieron por la frente las primeras gotas de sudor, muestra invitable del aumento de temperatura de su cuerpo. Como si fuese una estatua de sal, se mantenia erguido y mirando adelante, buscando la manera de que las convulsiones de su estómago no fueran a más y se apaciguasen.
La fila de vehículos comenzó a moverse, a paso de tartana, pero poco a poco la aguja del velocímetro fue subiendo de altura. Siempre ubicado detrás de un camión de gran tonelaje, vio pasar las tres salidas de autopista que le quedaban antes de coger la suya.
Atravesó la zona del polígono y la hilera de rotondas sin mirar por dónde iba. Cuando al fin llegó a su urbanización a duras penas se aguantaba ya el dolor de estómago.
Salió corriendo tras cerrar la puerta del coche. Apenas si había traspasado la cancela de entrada cuando se dió cuenta que no llegaría al cuarto de baño de su domicilio, en un octavo piso.
Entonces lo vio claro, se marchó en dirección al gimnasio, donde había baños, confiando en que el portero de la finca no los hubiese cerrado con llave. Atravesó la sala de cintas y bicicletas elípticas como una exhalación y de un empellón abrió la puerta del retrete. No estaba cerrada.
De lo que vino después tardó tiempo en hablar, consecuencia de la verguenza. No le dio tiempo ni a quitarse el abrigo, a duras penas se medio bajó el pantalón y se acuclilló levemente, dejando que su cuerpo expulsase esa riada de excrementos marrón oscuro, buena parte de los cuales cayeron fuera de la taza inodoro.
Tras comprobar que no había caído nada en sus pantalones, se limpio como pudo y trsa recomponerse un poco, atrancó la puerta por dentro para tratar de arreglar aquel desaguisado,lleno de salpicaduras de mierda, cuyo olor nauseabundo hacía todavía más incomoda la tarea de limpieza.
Como si fuese un C.S.I. recogiendo pruebas de un crimen minuciosamente, fue limpiando mancha a mancha, gastando los dos rollos de papel higiénico que tenía el cubículo. Cuando acabó la tarea, se lavó las manos a conciencia, aunque el penetrante olor no se le fue de la nariz en el resto de la noche.
Ya acostado, trataba de recordar qué podría haber comido para que le sentase tan mal, hasta el punto de no poder contener las ganas de defecar. Aquella noche durmió mal, dando muchas vueltas; aunque no recordaba qué había soñado, estaba seguro de que en aquellos sueños solo había una cosa: mierda.
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