La caja de libros

  Era un viejo ejemplar de El Túnel, de Ernesto Sábato, una de esas primeras ediciones de bolsillo que a finales de los años setenta llegaban a muchos hogares, sin la vitola de hermana pobre, como ocurre ahora con las ediciones de papel barato que alcanzan las librerias tras pasar su pertinente periplo de novedad en tapas duras.

  La portada apenas si tenía lustre, y las paginas amarilleaban como si tuviese el libro mucho más de cincuenta años. Ni siquiera recordaba que anduviese por allí, entre los muchos libros que poblaban aquellas estanterías desde que tenía uso de razón, Tal vez por curiosidad, porque no recordaba haber leído nada de Sábato, lo cogío para incluirlo en el lote de tìtulos que saldrían con él en aquella caja de cartón, que en su día había acogido una cafetera de cápsulas y que ahora, servía de improvisado contenedor de transporte.

 Mientras ojeaba sin mirar, aquellas páginas, levantaba la mirada no sólo hacia aquella estantería,  sino a toda la habitación, donde hace una eternidad, hacía los deberes cuando era niño, estudiaba los apuntes en la carrera, y preparaba los temas para la oposición. Vender aquella casa era arracar de su existencia aquel espacio de estudio y de vida, donde tantas horas de lectura y trabajo habían decantado su povenir.

 Necesitaba el dinero, esa era la realidad; de otro modo jamás habría vendido aquella casa, único vínculo con su ciudad de origen, una pequeña capital de provincia que abandonó cuando le asignaron su primer destino como funcionario, que con el tiempo sería el último; ya nada le movería de la capital del reino.

 Aquel libro cerraba su cosecha. Todo lo demás lo dejaría en manos del nuevo propietario para que hiciera almoneda con ello, o lo destinara a la basura sin más.

 Iba a meter el libro en la caja cuando, de una de las útimas hojas cayó una foto. Haciendo el ademán de agacharse para recogerla, a medio camino sin haberla aún apresado con sus mano, reconoció enseguida su cara.

 Con una atracción de autos de choque a sus espaldas, vestida con unos pantalones de pana oscuros y un jersey rojo de rombos blancos, sonreía con su precioso pelo moreno. Era ella, era Natalia.

 ¿ Cómo había terminado esa foto en un libro que ni siquiera recordaba? Esa era tan sólo la primera de muchas preguntas que vendrían a la cabeza, terminando todas ellas en una misma interrogante: ¿ Cómo podía haberla olvidado tan profundamente?

 La asignación de plaza le había venido al pelo para huir de allí, una vez que supo que lo de Natalia con Aurelio iba en serio. Despechado, frustrado, herido en lo más profundo, derrotado, sintió que se quedaba sin razones para continuar allí. De nada sirvieron los intentos de ella por no perder una amistad que siempre quiso y nunca convirtió en otra cosa, pese a los deseos y ensoñaciones de él. Incapaz de aceptar la realidad, decidió huir, enterrarla para siempre. Hasta aquel día,

 Repentinamente le vino una sensación de calor en el cuerpo, notó como se sonrojaba su cara, cómo sus brazos se aflojaban, incapaces de mantener por más tiempo la caja que terminó por precipitarse al suelo. Con la foto en el filo de sus dedos, con la mirada perdida, comenzó a llorar,

 El tiempo que todo lo pone en su sitio, le hizo partícipe de su veredicto con efecto retardado; sentía que se había equivocado, que había sido egoista, incapaz de pensar en lo que ella quería o necesitaba. Fue muy cobarde.

 Cuando se calmó un poco, metió la mano en el bolsillo y encendió el smartphone. Algo en su cabeza iba más rapido que sus propios pensamientos; abrió la aplicación de Linkedin, y tecleó su nombre y apellido, con la esperanza de que estuviera en ella. 

 Soló había una entrada con esos datos.  Era ella.  A sabiendas de que al acceder a su perfil dejaría rastro de su visita, pinchó en la foto; el mismo pelo, los mismos ojos grandes y expresivos, la misma sonrisa dulce. 

 No había hecho sino deslizar sus dedos hacia abajo por la pantalla, para intentar imaginar que había hecho estos años, mientras leía sus diferentes ocupaciones profesionales, cuando saltó en la esquina derecha el icono de los mensajes. Cuando le abrió, no podía creer lo que estaba leyendo.

 - Hola Arturo, ¿ Qué tal estás?

 Casualidad, coincidencia, fuera lo que fuera, ella estaba también en ese momento pululando por allí, quién sabe si mirando ofertas de empleo. Le admiró que después de tantos años de silencio, quisiera hablar, saber de él.

 Sentado en el suelo, con la espalda apoyada en una de las paredes, comenzó a chatear con ella, mientras El Tunel, permanecía presente y visible, en lo alto de la caja, como mostrándose satisfecho, de haber hecho magia con el tesoro que sus hojas escondían, muy diferente del argumento de sus páginas.

 

 

 

 

 

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