La ausencia
Era la primera vez que volvía a la casa. Después de muchos días de pasar delante del portal y mirar a las ventanas cerradas sin atreverse, aquella noche no le quedó más remedio que volver a entrar en aquel piso.
Ya desde el primer momento en que cruzó el pequeño portal le dio un escalofrío. Todo estaba igual allí abajo; el sillón descolorido de tela verde, la mesa de madera repintada de negro, el cuadro de algún pintor desconocido que seguro era una copia. El vetusto recibidor no parecía notar cambio alguno. Apretó el botón del ascensor y espero a que llegase lento, con su ronroneo de motor viejo, para subir hasta el tercer piso.
Delante de la puerta, dudaba aún si meter la llave en la ranura. Había escuchado tantas veces el clic de la cerradura blindada que creía estar oyéndolo antes de accionarlo. Así, inmóvil, mirando hacia la mirilla, pensando que igual ella estaría pegada a la puerta al otro lado, de puntillas para llegar a mirar, dejó pasar un tiempo que no podría determinar; estaba como inmerso en una atmósfera extraña, donde los estímulos habituales carecían de sentido. No se paró a pensar que pudiese verle algún vecino. Allí, estático, en medio del rellano, parecía una estatua de sal, ajena al entorno, perdido con la mente en blanco.
Algo activó de repente su mano y presto acerco la llave a la cerradura; hizo el giro de costumbre y los tres cerrojos saltaron uno de tras de otro, acompasados. Una vez que tuvo franqueado el acceso, empujó la puerta y dio al interruptor de la luz.
Estaba todo intacto, como la última vez que la vio. El sofá de cuero, la mesa de caoba de centro, la lámpara de lectura reclinable... el salón seguía dando la bienvenida al visitante, antes de mostrar el resto de las estancias que se ocultaban por un pasillo invisible desde la entrada, a la derecha. Apenas si había polvo acumulado, no había dado tiempo; apenas habían transcurrido unos días desde que recibiese la llamada del hospital, fría y seca, comunicándole la caída en la calle, la pérdida de conocimiento, la llegada de una ambulancia. Todo lo que siguió después era confuso, No recordaba como salió corriendo de la oficina, ni en que medio de transporte llegó al centro hospitalario; como un zombie, fue dejándose guiar por unos pasillos que le llevaron hasta las urgencias. Allí un doctor le contó las consecuencias del accidente, el motivo de la caída, el coágulo en la cabeza; y luego llegaron las horas de agonía, pocas pero demoledoras. Tras el entierro, cuando volvió a casa cayó como un fardo en la cama, roto de agotamiento. Casi un día entero tumbado, de sueño a intervalos, de dolor de cabeza, de llanto contenido. Los tres días de baja que le dieron en la oficina, se volvieron una semana de descanso obligado por las circunstancias.
Sin sentir que estaba preparado para volver, tuvo que hacerlo. Papeleos de muertos, que hacen más lento el duelo, Sabía que ella guardaba toda la documentación en un pequeño aparador que tenía en su dormitorio. No le quedaba otra que franquear el paso y acudir hasta allí. Con paso lento fue dejando a un lado la estancia y por el pasillo se encaminó hacia la alcolba que al fondo del pasillo, se mostraba diáfana con la puerta abierta.
Fue extraño, muy extraño. Pese a que todo estaba en su sitio, no sintió que aquella fuera la habitación de su madre. Con la documentación ya bajo su brazo, repasó la estancia pedazo a pedazo, y por más que lo intentaba, no conseguía reconocer todo aquello como algo con lo que no estuviese familarizado.
Entonces lo comprendió, se dio cuenta. Aquella habitación le era ajena porque en ella ya no quedaba nada de ella. Entendió que se había ido de allí, que había seguido su camino, sin dejarse nada aquí, sin tener cuentas pendientes.
Repentinamente recuperó la movilidad, sus piernas actuaban con naturalidad y recuperó la noción del tiempo. Era como si el hechizo se hubiera borrado. Aquella dejó de ser desde ese instante la casa de su madre para ser, simplemente, un sitio que contenía cosas que había usado su madre.
Miro una vieja foto enmarcada, donde ella lucía belleza y sonrisa de muy joven, y al unísono sonrió él también. Fue entonces cuando se escuchó así mismo decir en voz alta:
- Descansa, mamá.
Se dio la vuelta y salió diligente. Ya no había pesadez en su cabeza. Ni miedo. El primer gran paso, ya estaba dado.
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