La taquilla número tres
Justo cuando llegó a la zona de setos, donde empezaba el aparcamiento, dejó de correr. Se arremolinó detrás de uno que era bastante alto y allí, encorvado, apoyó sus manos sobre las rodillas, tratando de cazar al vuelo bocanadas de aire que eran poco para lo que le pedían sus pulmones, exhaustos.
Sobre sus sienes, notaba como afluían gotas de sudor abundante, el mismo que encharcaba su pelo a la altura de la nuca. Siempre se había preguntado porqué su cuerpo sudaba, así, mojando la piel en unas zonas mucho antes que en otras.
Con discrección asomó la cabeza para ver si le seguían, Tenía claro que los había despistado al salir de la bolera, pero en centros comerciales como aquel, era cuestión de tiempo que volviera a cruzarse con alguno de los tres que venían rondándole. Tenía que esfumarse, pero no sabía cómo.
Huir por la ancha avenida principal no era opción. Distaba más de un kilometro antes de llegar al pueblo. Lo más inteligente era escapar sin moverse, buscar un escondrijo, pero, ¿ Dónde?
En la mano, sujetado con fuerza sin aflojar la presión sobre el paquete, portaba aquello que debía transportar como buena mula que era. Llevaba un par de minutos allí, y mientras que la respiración se iba acompasando y el cuerpo enderezando, la mano no dejaba de apretar aquel bulto. La misión grabada a fuego en su cabeza, tenía el acto reflejo de la mano prensora.
De pronto se le ocurrió lo de meterse en el Lidl. Allí no le buscarían, y podrían confundirse entre los compradores. Solo debía librarse del paquete, Sin él en la mano, sus perseguidores, en caso de entrar en el establecimiento, no se percatarían de que era él.
Se quitó el jersey y se lo puso atado a la cintura, un simple cambio de prenda de vestir era un camuflaje perfecto. Tras asegurarse de que no le miraba nadie sospechoso entró en el supermercado; enseguida vio la línea de taquillas frente a las cajas. Casi todas estaban con la llave puesta, Cogió una moneda y la echó en la ranura de la de la taquilla número tres. Allí dejó el paquete y cerró.
Relajado cogió una cesta y se puso a caminar por los pasillos, parando largo rato en la zona de los refrigerados. Para disimular comenzó a meter cosas en la cesta: yogures con bífidus y natillas de chocolate. Con el cuerpo ya a temperatura normal y sin sudores, continuó con la rutina de ir mirando estantes. Cuando pasase un tiempo prudencial, dejaría la cesta en cualquier rincón y saldría por el pasillo de salida sin compra. Devolvería la llave a su taquilla y recuperaría la mercancía. A cada instante que pasaba, la idea de camuflarse haciendo la compra le parecía más brillante.
Habían pasado más de veinte minutos cuando llegó la hora de dejar de hacer el paripé. Como tenía pensado, dejó la cesta tras unos palets de refrescos y salío tranquilo de la zona de cajas. Frente la taquilla, metió la mano para coger la llave en el bolsillo y descubrió que allí no estaba.
Como cuando se ponía nervioso, comenzó de nuevo a sudar, sintiéndo las palpitaciones, bombeos de sangre en las sienes. Calma, se dijo varias veces mientras rebuscaba una y otra vez en los bolsillos del pantalón, infructuosamente. Tras dar varias pasadas al vaquero y cerciorarse de que no había ningún agujero en ellos, decidió volver a entrar. Trataría de volver sobre sus pasos, pasando por los mismo sitios donde había estado antes. Empezó por los refrigerados, y allí llegó a levantar todos los yogures apilados, con la esperanza de encontrar la llave y su llavero de plástico azul con el número grabado, metido entre algunos de ellos.Toda la operación resultó infructuosa.
Poco a poco fue avanzando en su reconstrucción, pasando con cuidado y mirando con esmero por todos y cada uno de lo sitios donde había estado ojeando cosas. Estaba girando por el pasillo de las bebidas cuando al final del mismo, los vio venir. Estaban allí, los tres y caminaban en dirección a donde él se encontraba…
Continuará…
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