La hospedera
- No espera, que te la hago yo.
Sale presta del chiscón que sirve de mostrador de recepción en el albergue, que apenas dejaba vislumbrar de ella cabeza y hombros. Aparece ante mí una mujer de mediana estatura que viste un pantalón de chándal azul oscuro, a juego con una camiseta del mismo color. Rodeando su cintura un forro polar de color rojo y unas zapatillas de color blanco completan el ajuar. Lleva el pelo, de media melena, recogido en una coleta.
Coge decidida mi smartphone y da unos pasos hacia atrás, con cuidado de no tropezar con algún saliente del empedrado que reviste el suelo. Me pide que sonría y da con el dedo dos o tres veces al botón de la pantalla. Cuando ya creía que iba a devolverme el teléfono, veo que se da la vuelta, y sube las escaleras para, desde un pollete, volver a insistirme en que pose alegre. Tras dar varios golpes de dedo a la pantalla, se sonríe y satisfecha vuelve a a bajar para entregarme mi teléfono.
Abrumado por la atención le doy las gracias, es entonces cuando la tengo lo bastante cerca para verla bien, esa misma que anteriormente me había pasado casi desapercibida, al haber llegado al albergue con la mochila en ristre y cansado, con el dinero y la credencial ya en la mano, para agilizar el trámite y ocupar mi litera lo antes posible.
- - Muchas gracias, le digo, mientras ella me devuelve el agradecimiento con una sonrisa y un giro de ojos pícaro.
- - Vaya, parece que le he gustado, me digo para adentro, mientras le sostengo la mirada que ella no desvía, como tampoco quita de su boca esa sonrisa cómplice.
- - De nada, es que desde arriba tienes una vista completa de la fachada del edificio y es muy bonito, merece la pena, de verdad.
Miro hacia la puerta y veo que a mi compañero de viaje aún le queda para estar listo y salir. La ocasión de alargar la charla, más allá de la foto, se abre como una oportunidad de amenizar la espera.
- - Debe ser muy aburrido estar aquí todo el día, esperando a que lleguen los peregrinos, le pregunto.
Es entonces cuando ella deja abrir el grifo de
sus emociones, y sin mayor necesidad de complicidad, despliega ante mi, en
apenas unos minutos, toda una biografía existencial. Conozco que apenas tiene cuarenta
años, aunque aparenta unos pocos más, quizá por unas arrugas de expresión en
unos ojos que en nada mitigan su belleza. Me habla de su familia, de sus dos
hijos, de un marido del que muy sutílmente confiesa que le presta poca atención,
de un trabajo como limpiadora por horas con el que complementar ingresos en
casa. Se presenta la oportunidad de colaborar con el Concello en la atención
del albergue, en el que está unas horas, de manera voluntaria, hasta que el
aforo se cubre completamente y cierra la garita hasta el día siguiente. Una oportunidad
de ver gente, de charlar con ella, aunque a menudo eso sea complicado, al ser
la mayoría de los que llegan extranjeros que apenas chapurrean algunas palabras
en español. Una ventana al mundo.
Quizá por eso me buscó, por tener la oportunidad de hablar con alguien, por unos minutos, insignificantes en realidad, pero que valen mucho para una persona que vive instalada en la monotonía, carente de tiempo para disfrutar y con la ilusiones bajo mínimos en el umbral de la edad madura, cuando se cruza la barrera de los cuarenta y empieza la vida en toda su esencia y complejidad.
Aparece mi compañero de camino, presto y dispuesto a bajar al pueblo, a reunirnos con otros viandantes, para hacer algunas compras y tomar las cervezas de rigor, antes de irnos al jergón para descansar.
Me despido de mi breve pero intensa acompañante, dándole de nuevo las gracias por sus atenciones. Es entonces cuando su sonrisa se hace aún más grande y completa, dejando a la vista sus preciosos dientes blancos y bien alienados. No me contesta pero sus ojos me devuelven las gracias con un brillo intenso, femenino, felices por haber recibido atención.
Bajando ya por las escaleras de piedra, me doy cuenta que ni siquiera le he preguntado su nombre. Me giro y ya no está. De mi boca sale un efímero adiós que aunque no tiene receptor ni se escucha, es para ella.
Quizá vuelva a verla algún día, si mis piés de peregrino confeso deciden volver a cruzar por esta ruta. Esa vez mis piés serán los suyos, a buen seguro, viajando conmigo todo lo que ella no puede hacer por su vida y realidad.
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